SOMOS EL TIEMPO QUE NOS QUEDA

chet baker

Solo, masticando la tristeza, despatarrado en una silla vieja bajo la galería de la estación de servicio, donde trabaja dieciséis horas al día, con su mameluco mugriento, un trapo que cuelga de uno de sus bolsillos, y en el otro, disimulada, la petaca de ron que empina con frecuencia hacia sus labios. Labios callosos de trompeta, de haber besado con pasión y también con desgano. Un cigarrillo se quema en el áspero vaho de su fuerte aliento.
A lo lejos, sobre el horizonte, se alcanzan a divisar las siluetas de las casas del pueblo. La gris carretera destella brillos acerados, a la espera de los automóviles que de tanto en tanto la transitan hacia destinos ignotos.
La estación de servicio está desierta; solo se escucha su respiración, el ruido del viento que arrastra algunas ramas muertas, y los ronquidos de su compañero que duerme en la oficina.
Su mirada perdida, mezcla de rabia y ternura. Entrecierra los ojos, y revive como un lejano pasado aquel mundo perdido, un mundo de hoteles de lujo, bellas amantes, drogas y alcohol.
Y ronronea en sus oídos la música que lo lanzara a la fama, aquella que acariciaba a la audiencia de los salones de baile con su suave sonido, su trompeta romántica, y su voz de baladas susurradas casi al oído.
Silba, tose y tararea los últimos aires de su sonrisa rota, que se escurre como baba lenta, resignada otra vez a dejarse llevar por la dolorosa soledad.
Por la cinta de plata se divisa un punto negro, que pronto se transforma en un moderno y lujoso buick descapotado. El automóvil aminora su marcha, y entra en la estación de servicio, para detenerse frente a las bombas de gasolina. Mientras le cargan combustible, desciende una pareja elegante, que entra en la oficina, tal vez en busca de información o de un teléfono.
Él se levanta y se acerca al automóvil con el trapo en la mano. Comienza a limpiar el parabrisas, cuando advierte que una hermosa adolescente se encuentra sentada en el asiento trasero.
Pasa el trapo con deliberada lentitud, y como al descuido mira a la joven, apenas cubierta con una escotada blusa roja. La joven responde la mirada, y le sonríe. Él también lo hace, y entonces recuerda que le faltan varios dientes perdidos por la golpiza que recibió de unos traficantes cuando intentó abandonar la droga.
Sigue mirándola con extrañeza y no sin cierto deseo, mientras pasa despaciosamente el trapo por el vidrio polvoriento. Imprevistamente la joven se levanta la blusa, y le muestra sus blancos senos.
La pareja regresa al buick, que se aleja, al principio ronroneando con un sonido lento, y luego con un ritmo acompasado, como el de su perdida trompeta. Por la luneta trasera, la joven se voltea y lo saluda con la mano.
Derrotado, la ve alejarse con ojos piadosos.
“La tristeza siempre llega después de la belleza”, piensa. “Es rápida y fugaz, como la vida”.
Después de todo, la vida es una parodia tejida de memorias y olvidos. Tan solo somos el tiempo que nos queda.

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3 comentarios to “SOMOS EL TIEMPO QUE NOS QUEDA”

  1. TITOS Says:

    muy bueno armand!

  2. chet! me encanta chet. vi un docu hace poco… mentira, hace mucho, en bcn… dulce, ese sonido, sí, sí.

    che, armand, me gustó éste: buen relato, te vas poniendo fino. el título es excelente y la prosa desprende una tristeza sin remedio, pero que no asusta: una decadencia melancólica que es mejor que una jubilación tranquila y sin sobresaltos.

    cuanto hay de real? asi acabó chet?

    avanti con esas letras!

    xavi

    • armand Says:

      Efectivamente, luego de actuar en Europa y ya completamente adicto a la heroína, se instala nuevamente en Nueva Cork, y cuando intenta abandonar las droga por medio de la metadona allá a fines de los 60, recibe una golpiza por parte de los traficantes que lo rompen la mandíbula y pierde varios dientes. A partir de entones trabaja en una estación de servicio 16 horas al día. Comienza a practicar nuevamente y hacia 1973 se produce su lento regreso a los escenarios. Su muerte ocurre en Mayo de 1988 en extrañas circunstancias al caer por una ventana. Algunos hablan de un suicidio. Otros que lo arrojaron.
      armand

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