UNA ROSA PARA ROSI

Hace mucho frío a las seis cuarenta de esa mañana de marzo en Alcalá de Henares. Rosi sale vomitada del ómnibus entre decenas de apretujados pasajeros. Para atemperar el frío recorre con pasos acelerados los bares aledaños a la estación de trenes donde los innumerables madrugadores se apiñan para desayunar, no sin dejar de pasar un dedo por los ventanales empañados trazando una línea injuriosa con su marca. Alcanza el andén, y se detiene haciendo tiempo frente al quiosco de revistas. Son muchos los que leen la prensa gratuitamente.
El tren Nº 21431 llega puntual, mientras un sol rojizo porfía en el horizonte por expulsar la noche. Aborda el quinto vagón, el mismo que trata de elegir siempre.

Muchas madrugadas de trenes le dan la certeza que los cuarenta y cinco minutos de viaje hasta la capital son suficientes para dormir, soñar, o recordar. Son los pedacitos de Miguel atados a su corazón, la rosa que le regala todos los sábados, la mirada del doctor Gerardo, el profesor de literatura, esa mirada de ojos verdes que la estremece. También es la abuela en la cocina horneando el bollu preñao, o hirviendo potajes de aromas complejos.

Casi no repara en el paisaje cotidiano, que pasa desapercibido. Pocos sacos y corbatas, muchos jóvenes estudiantes como ella, trabajadores, inmigrantes, gente de trenes, de rostros desdibujados, de mochilas, de ojos vencidos denunciando el madrugón, unos leyendo, otros enganchados a los auriculares, los mas dormitando.
La formación avanza velozmente, destrozando el paisaje a medida que se aleja. Diecinueve, no hace tanto que los cumplió, pero ya siente la obligación de ser feliz, la vida se le viene encima como grandes gotas de mar en el aire. Diecinueve y unas explosivas ganas de apurar hasta el último suspiro las oportunidades que le atraviesan las sangre, el precipitado apetito de saciarlo todo de un solo golpe, con la piel, con los huesos, con el impulso.

Acaricia lentamente el camafeo prendido al borde del generoso escote. Nati le dijo una vez que el mejor ornamento de una mujer es el interior de su cuerpo. Ella no lo cree, gasta mucho tiempo en él, tal vez más de lo necesario.

Suena su celular, es Chabela, pobre, con su embarazo no programado a cuesta le ha pedido que sea la madrina.
Exactamente en ese momento, cuando los relojes apuntan las siete y treinta y siete, y Atocha espera cómplice, una mochila revienta en el quinto vagón.
Un estruendo infinito, y la imponente masa de acero se triza en el aire derrotada de heroicas proezas. Muchos celulares siguen tañendo, sin que las brotadas ausencias los atiendan.

El doctor Gerardo abandonó su cátedra, Chabela abortó, y Miguel le sigue llevando todos los sábados una rosa a Rosi.

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2 comentarios to “UNA ROSA PARA ROSI”

  1. IRENE Says:

    ARMANDO QUÉ FINAL INESPERADO.QUÉ TRISTE.

    ME ENCANTA CUANDO DECÍS “LOS PEDACITOS DE MIGUEL ATADOS A SU CORAZÓN “UNA METÁFORA MARAVILLOSA Y “ESA MIRADA VERDE DE OJOS VERDES” .

    UNA VEZ MÁS SOS UN GRAN ESCRITOR

  2. Armanddddd! Hay algunas cositas de éste que me gustan particularmente. Verás, yo no le doy mucha bola a las historias y siempre me peleo con la Rubia por eso: yo me preocupo por el cómo, cómo escribe el tipo, la prosa, los giros, las sorpresas. Las historias me dan igual (por eso soy un no-lector de best sellers: mucha historia, poca literatura).

    En este texto hay muchas cositas sueltas que me gustan (como “la mirada del doctor Gerardo”), que se salen de la línea de la historia, y que me hacen sentir bien, que de eso se trata leer.

    Un abrazo,

    Xavi

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